ORIGEN

Otoño 2021

El regreso a las cavernas

Desde la noche de los tiempos hemos querido representar el mundo en que vivimos. Reconocerlo y entenderlo, para explicarnos mejor a nosotros mismos. Al principio debimos usar sonidos aislados, balbuceos acompasando alguna danza improvisada. Luego imágenes: leones y ciervos, lobos y renos, toros y osos surgidos del fondo de la tierra, con algunas herramientas rudimentarias. Y por último lenguaje, palabras hilvanando relatos, poemas, mitos transmitidos de boca en boca durante milenios hasta ir perdiendo su voz poco a poco y apagarse por completo.

Las pinturas que tanto nos asombran, los caballos multicolores de Lascaux, los felinos de ojos encendidos de Chauvet, los bisontes sinuosos de Altamira, las manos de Sulawesi, las vulvas de Tito Bustillo, las criaturas quiméricas de El Castillo, son apenas una parte de lo que alguna vez existió. Y lo que existió sigue siendo un misterio.

El mundo, eso sí, era un lugar distinto, dominado por los grandes mamíferos: los poderosos rinocerontes, los veloces caballos, los mamuts gigantescos imponían su poder a los hombres, que eran minoría. Detrás de cada nuevo horizonte asomaba una amenaza: un depredador, una helada, una hambruna prolongada. La esperanza de vida no superaba los 30 años. No conocían la agricultura. Ni la metalurgia. Sí la música y las joyas. Sabían hacer fuego. Contar. Matar desde lejos. Crear utensilios y hablar. La piedra era sagrada, poseía místicos poderes: no había material más noble para acoger a un muerto. Y en las profundidades de la roca, en su inquietantes oquedades, plasmaron las primeras obras de arte.

¿Qué les impulsó a hacerlo? ¿Podemos llamar a esas pinturas rupestres arte? ¿Son el origen de nuestro arte? ¿Y qué significan? ¿Serían un modo de exponer sus creencias? ¿De conectar con el Más Allá? ¿De llenar un vacío? ¿De propiciar la caza? ¿Y por qué son todas tan parecidas, sin apenas variaciones salvo en los detalles de las patas o las orejas de los bóvidos? ¿Y por qué están en lugares casi inaccesibles? ¿Por qué no podían ser vistas?

De África a Oriente Próximo, de Indonesia a Europa, las sucesivas imágenes, superpuestas, inacabadas, interactuando entre sí a miles de kilómetros de distancia se prolongaron durante veinte milenios hasta que el planeta cambió. Hasta que los glaciares se retiraron, las manadas de renos menguaron y los humanos aumentaron su poder. Entonces, la cultura de las cuevas tocó a su fin. Y también la de los grabados en ocre, y los collares de conchas marinas, y las flautas de buitre leonado, y los cascarones de huevos de avestruz.

Sus obras cesaron, sí, pero no sus símbolos. El poder inmaterial de sus imágenes. Porque, si hoy nadamos en un universo de signos, ya sean las señales de tráfico o los iconos del iPhone, es gracias a aquellos primeros creadores, capaces de despertar emociones genuinas con los trazos más puros.

Y esas mismas emociones son las que experimentamos ahora al regresar a las cavernas para diseñar esta nueva colección. Al sentir el sonido de nuestra respiración a medida que nos adentramos en sus profundidades y encendemos en la oscuridad una antorcha para que aflore un mundo que ya no existe, con sus caballos salvajes, con sus mamuts gigantescos, y escuchar, al compás de una música lejana, la voz de un cuentacuentos narrando una historia milenaria.

En nuestro 10º aniversario regresamos donde comenzó todo. A nuestro origen.

Volvemos a las cavernas. Volvemos a casa.